DIMENSIONES: 160 cm x 104 cm
Las tres bailarinas están en momentos distintos de un mismo movimiento. Una se extiende, otra se eleva y la tercera encuentra su centro. Sus cuerpos hablan de equilibrio, pero no de un equilibrio inmóvil ni perfecto: hablan de ese equilibrio que se construye mientras la vida está sucediendo.
Porque vivir también se parece a bailar. Hay momentos en los que creemos tener los pasos claros y otros en los que la vida cambia la música y nos obliga a movernos de otra manera. No siempre podemos controlar lo que viene, pero sí podemos aprender a movernos con ello.
Las bailarinas tienen técnica y disciplina, pero también necesitan algo esencial: confiar. Soltar la rigidez, entregarse al movimiento y permitir que el cuerpo continúe. Esa misma idea atraviesa la obra: comprender que el verdadero equilibrio no consiste en tener todo bajo control, sino en encontrar nuestro centro incluso cuando todo alrededor está cambiando.
Por eso el fondo está lleno de color, textura y movimiento. Los rosas, amarillos, azules y violetas se cruzan como las emociones y las etapas de la vida. Nada sigue una línea perfecta y, sin embargo, todo termina encontrando su lugar.
Y entre ese movimiento aparecen las flores, como esas pequeñas cosas que la vida nos regala en medio del camino y que muchas veces solo alcanzamos a ver cuando dejamos de querer controlar cada paso.
Las tres bailarinas continúan. No saben cuál será el próximo movimiento, pero confían en él.
Quizás de eso se trate también la vida: de encontrar equilibrio sin quedarnos quietos, de aceptar que todo cambia, de soltar un poco el control y seguir bailando mientras el camino florece.
DIMENSIONES: 160 cm x 104 cm
Las tres bailarinas están en momentos distintos de un mismo movimiento. Una se extiende, otra se eleva y la tercera encuentra su centro. Sus cuerpos hablan de equilibrio, pero no de un equilibrio inmóvil ni perfecto: hablan de ese equilibrio que se construye mientras la vida está sucediendo.
Porque vivir también se parece a bailar. Hay momentos en los que creemos tener los pasos claros y otros en los que la vida cambia la música y nos obliga a movernos de otra manera. No siempre podemos controlar lo que viene, pero sí podemos aprender a movernos con ello.
Las bailarinas tienen técnica y disciplina, pero también necesitan algo esencial: confiar. Soltar la rigidez, entregarse al movimiento y permitir que el cuerpo continúe. Esa misma idea atraviesa la obra: comprender que el verdadero equilibrio no consiste en tener todo bajo control, sino en encontrar nuestro centro incluso cuando todo alrededor está cambiando.
Por eso el fondo está lleno de color, textura y movimiento. Los rosas, amarillos, azules y violetas se cruzan como las emociones y las etapas de la vida. Nada sigue una línea perfecta y, sin embargo, todo termina encontrando su lugar.
Y entre ese movimiento aparecen las flores, como esas pequeñas cosas que la vida nos regala en medio del camino y que muchas veces solo alcanzamos a ver cuando dejamos de querer controlar cada paso.
Las tres bailarinas continúan. No saben cuál será el próximo movimiento, pero confían en él.
Quizás de eso se trate también la vida: de encontrar equilibrio sin quedarnos quietos, de aceptar que todo cambia, de soltar un poco el control y seguir bailando mientras el camino florece.