El espejo que elegimos

US$ 3.700,00

DIMENSIONES: 83 cm x 110 cm

Hay mujeres que admiramos por lo que hicieron. Y hay otras cuya historia, sin conocernos, termina haciéndonos preguntas sobre nuestra propia vida.

Para mí, Frida Kahlo pertenece a ese segundo lugar.

Nunca me ha interesado únicamente como un ícono del arte. Me ha interesado la mujer detrás de la imagen: alguien que convirtió una experiencia personal difícil en lenguaje, identidad y creación. Frida no esperó a que su vida fuera perfecta para crear. Pintó desde lo que tenía, desde lo que sentía y desde la necesidad de reconocerse a sí misma.

Y quizá por eso sigue hablándonos tantos años después.

De ahí nace “El espejo que elegimos”.

En la obra aparece una mujer pintando a Frida. Pero mientras avanza el retrato ocurre algo más: las dos comienzan a mirarnos.

Una desde el presente.

La otra desde la historia.

El blanco y negro envuelve a la artista y contrasta con el color del retrato de Frida, como si la creación abriera una puerta hacia otro territorio. La textura plateada alrededor de su rostro transforma el cuadro dentro del cuadro en una especie de espejo: no uno que devuelve exactamente nuestra apariencia, sino uno que nos obliga a preguntarnos qué reconocemos de nosotros mismos en aquello que admiramos.

Porque inspirarse en otra mujer no significa querer convertirse en ella.

Significa descubrir que su historia puede despertar algo que ya existía dentro de nosotras.

Frida me ha inspirado precisamente por eso: por su capacidad de transformar circunstancias complejas en creación. Su historia me recuerda que renacer no significa borrar lo vivido; significa decidir qué hacemos con ello. Convertirlo en sensibilidad, en carácter, en una nueva mirada y, en mi caso, en pintura.

Y esa idea va mucho más allá de Frida.

Habla de las mujeres que, generación tras generación, han aprendido a reconstruirse. Mujeres que han sido profesionales, madres, artistas, hijas, compañeras, emprendedoras; mujeres que han tenido que comenzar nuevamente alguna parte de su vida y que, aun así, han continuado creando, amando, trabajando y soñando.

Por eso esta obra no pretende idealizar el dolor.

Pretende celebrar lo que una mujer es capaz de construir después de atravesarlo.

La figura que sostiene el pincel podría ser cualquiera de nosotras. Porque todas, de alguna manera, vamos pintando nuestra propia versión de quienes queremos ser. Elegimos qué conservar, qué transformar y qué colores queremos darle al siguiente capítulo.

Eso es lo que quisiera que esta obra significara para quien decida llevarla a su casa.

Que no compre solamente una imagen de Frida Kahlo.

Que encuentre frente a ella un recordatorio de las mujeres que lo han inspirado, de las veces que ha tenido que reinventarse y de la enorme capacidad humana de convertir nuestra historia en algo nuevo.

Porque quizás el espejo más importante no sea aquel en el que vemos nuestro rostro.

Es aquel en el que, finalmente, reconocemos la mujer en la que nos estamos convirtiendo.

Materiales: Óleo, acrílico y pasta 

DIMENSIONES: 83 cm x 110 cm

Hay mujeres que admiramos por lo que hicieron. Y hay otras cuya historia, sin conocernos, termina haciéndonos preguntas sobre nuestra propia vida.

Para mí, Frida Kahlo pertenece a ese segundo lugar.

Nunca me ha interesado únicamente como un ícono del arte. Me ha interesado la mujer detrás de la imagen: alguien que convirtió una experiencia personal difícil en lenguaje, identidad y creación. Frida no esperó a que su vida fuera perfecta para crear. Pintó desde lo que tenía, desde lo que sentía y desde la necesidad de reconocerse a sí misma.

Y quizá por eso sigue hablándonos tantos años después.

De ahí nace “El espejo que elegimos”.

En la obra aparece una mujer pintando a Frida. Pero mientras avanza el retrato ocurre algo más: las dos comienzan a mirarnos.

Una desde el presente.

La otra desde la historia.

El blanco y negro envuelve a la artista y contrasta con el color del retrato de Frida, como si la creación abriera una puerta hacia otro territorio. La textura plateada alrededor de su rostro transforma el cuadro dentro del cuadro en una especie de espejo: no uno que devuelve exactamente nuestra apariencia, sino uno que nos obliga a preguntarnos qué reconocemos de nosotros mismos en aquello que admiramos.

Porque inspirarse en otra mujer no significa querer convertirse en ella.

Significa descubrir que su historia puede despertar algo que ya existía dentro de nosotras.

Frida me ha inspirado precisamente por eso: por su capacidad de transformar circunstancias complejas en creación. Su historia me recuerda que renacer no significa borrar lo vivido; significa decidir qué hacemos con ello. Convertirlo en sensibilidad, en carácter, en una nueva mirada y, en mi caso, en pintura.

Y esa idea va mucho más allá de Frida.

Habla de las mujeres que, generación tras generación, han aprendido a reconstruirse. Mujeres que han sido profesionales, madres, artistas, hijas, compañeras, emprendedoras; mujeres que han tenido que comenzar nuevamente alguna parte de su vida y que, aun así, han continuado creando, amando, trabajando y soñando.

Por eso esta obra no pretende idealizar el dolor.

Pretende celebrar lo que una mujer es capaz de construir después de atravesarlo.

La figura que sostiene el pincel podría ser cualquiera de nosotras. Porque todas, de alguna manera, vamos pintando nuestra propia versión de quienes queremos ser. Elegimos qué conservar, qué transformar y qué colores queremos darle al siguiente capítulo.

Eso es lo que quisiera que esta obra significara para quien decida llevarla a su casa.

Que no compre solamente una imagen de Frida Kahlo.

Que encuentre frente a ella un recordatorio de las mujeres que lo han inspirado, de las veces que ha tenido que reinventarse y de la enorme capacidad humana de convertir nuestra historia en algo nuevo.

Porque quizás el espejo más importante no sea aquel en el que vemos nuestro rostro.

Es aquel en el que, finalmente, reconocemos la mujer en la que nos estamos convirtiendo.

Materiales: Óleo, acrílico y pasta