El lugar que me pertenece

US$ 5.500,00

DIMENSIONES: 104 cm x 154 cm

Hay un momento en la vida en el que dejamos de pedir permiso para ocupar nuestro propio lugar.

No ocurre de un día para otro. Llega después de conocernos, de equivocarnos, de atravesar caminos difíciles y, sobre todo, de entender que nuestra fuerza no depende de cuánto ruido hacemos, sino de la certeza con la que sabemos quiénes somos.

De ahí nace “El lugar que me pertenece”.

El jaguar avanza directamente hacia nosotros desde la profundidad de la selva. No corre. No ataca. No se esconde.

Simplemente avanza.

Y quizás por eso su presencia resulta tan poderosa.

Su cuerpo aparece en blanco, negro y gris, casi despojado de color, mientras a su alrededor la selva explota en verdes, amarillos, tierras y pinceladas cargadas de materia. Ese contraste hace que el animal parezca pertenecer a otro tiempo: sereno en medio de lo exuberante, silencioso en medio de todo lo que sucede.

Quise que sus ojos fueran el verdadero centro de la obra.

Porque hay miradas que intimidan y hay otras que parecen saber.

Esta sabe.

Sabe dónde está. Sabe quién es. Sabe que no necesita competir con la selva que lo rodea porque forma parte de ella.

Y ahí aparece para mí la dimensión humana de esta pintura.

Muchas veces pasamos años tratando de encontrar nuestro lugar: en una profesión, en una familia, en una relación, en una ciudad, incluso dentro de nosotros mismos. Intentamos encajar, complacer o demostrar que merecemos estar donde estamos.

Hasta que un día comprendemos algo mucho más sencillo:

hay lugares que no tenemos que conquistar; solamente tenemos que atrevernos a ocupar.

El jaguar representa ese momento.

La selva que lo rodea habla también de nuestras raíces, de la riqueza natural de Colombia y de una naturaleza que no necesita ser perfecta ni ordenada para ser extraordinariamente bella. Cada pincelada parece crecer alrededor del animal, mientras él continúa su camino con una seguridad absoluta.

Por eso esta obra no fue pensada solamente para decorar una pared.

Quisiera que quien la tenga en su casa se encuentre alguna vez con esa mirada y recuerde su propia fuerza. Que recuerde cuánto ha recorrido. Que no necesita compararse con nadie para reconocer su valor.

“El lugar que me pertenece” habla de avanzar sin perder nuestra esencia, de caminar con determinación y de entender que la verdadera fuerza casi nunca necesita anunciarse.

A veces basta con entrar en una habitación —o atravesar una selva— sabiendo exactamente quién eres.

Materiales: Óleo

DIMENSIONES: 104 cm x 154 cm

Hay un momento en la vida en el que dejamos de pedir permiso para ocupar nuestro propio lugar.

No ocurre de un día para otro. Llega después de conocernos, de equivocarnos, de atravesar caminos difíciles y, sobre todo, de entender que nuestra fuerza no depende de cuánto ruido hacemos, sino de la certeza con la que sabemos quiénes somos.

De ahí nace “El lugar que me pertenece”.

El jaguar avanza directamente hacia nosotros desde la profundidad de la selva. No corre. No ataca. No se esconde.

Simplemente avanza.

Y quizás por eso su presencia resulta tan poderosa.

Su cuerpo aparece en blanco, negro y gris, casi despojado de color, mientras a su alrededor la selva explota en verdes, amarillos, tierras y pinceladas cargadas de materia. Ese contraste hace que el animal parezca pertenecer a otro tiempo: sereno en medio de lo exuberante, silencioso en medio de todo lo que sucede.

Quise que sus ojos fueran el verdadero centro de la obra.

Porque hay miradas que intimidan y hay otras que parecen saber.

Esta sabe.

Sabe dónde está. Sabe quién es. Sabe que no necesita competir con la selva que lo rodea porque forma parte de ella.

Y ahí aparece para mí la dimensión humana de esta pintura.

Muchas veces pasamos años tratando de encontrar nuestro lugar: en una profesión, en una familia, en una relación, en una ciudad, incluso dentro de nosotros mismos. Intentamos encajar, complacer o demostrar que merecemos estar donde estamos.

Hasta que un día comprendemos algo mucho más sencillo:

hay lugares que no tenemos que conquistar; solamente tenemos que atrevernos a ocupar.

El jaguar representa ese momento.

La selva que lo rodea habla también de nuestras raíces, de la riqueza natural de Colombia y de una naturaleza que no necesita ser perfecta ni ordenada para ser extraordinariamente bella. Cada pincelada parece crecer alrededor del animal, mientras él continúa su camino con una seguridad absoluta.

Por eso esta obra no fue pensada solamente para decorar una pared.

Quisiera que quien la tenga en su casa se encuentre alguna vez con esa mirada y recuerde su propia fuerza. Que recuerde cuánto ha recorrido. Que no necesita compararse con nadie para reconocer su valor.

“El lugar que me pertenece” habla de avanzar sin perder nuestra esencia, de caminar con determinación y de entender que la verdadera fuerza casi nunca necesita anunciarse.

A veces basta con entrar en una habitación —o atravesar una selva— sabiendo exactamente quién eres.

Materiales: Óleo