Que nunca se apague

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DIMENSIONS: 125 cm x 160 cm

Hay una parte de nosotros que la vida adulta intenta volver seria.

La que se emociona fácilmente. La que todavía se sorprende. La que encuentra belleza donde otros pasan de largo. La que alguna vez miró el mundo sin calcular demasiado lo que podía salir mal.

“Que nunca se apague” nace como un recordatorio de proteger precisamente esa parte.

El rostro del león ocupa casi todo el lienzo, pero aquí la fuerza no aparece asociada a la ferocidad. Su mirada es tranquila, cercana, incluso vulnerable. Y alrededor de ella ocurre algo inesperado: verdes, turquesas, rosas, amarillos y azules atraviesan su melena hasta transformar un animal tradicionalmente asociado al poder en una presencia llena de sensibilidad.

Para mí, ahí está la verdadera fuerza de esta obra.

Ser fuerte no significa endurecerse.

Podemos crecer sin volvernos indiferentes. Podemos aprender de la vida sin perder la capacidad de maravillarnos. Podemos tener carácter y conservar la ternura. Podemos conocer perfectamente quiénes somos y seguir permitiéndonos mirar el mundo con ilusión.

El rosa intenso del fondo rompe cualquier solemnidad. No estamos frente al retrato clásico de un león. Estamos frente a una reinterpretación del poder: una fuerza que admite color, emoción, sensibilidad y alegría.

Y eso hace que la obra tenga un mensaje profundamente humano.

Porque con los años acumulamos responsabilidades, expectativas, experiencias y preocupaciones. Sin darnos cuenta, podemos comenzar a vivir únicamente pendientes de lo siguiente: la próxima meta, el próximo problema, la próxima obligación.

Hasta que un día olvidamos algo esencial:

también vinimos a disfrutar de estar vivos.

Por eso quisiera que esta pintura funcionara de una manera especial dentro de una casa. Que su color transforme el espacio, sí, pero que su presencia haga algo todavía más importante.

Que recuerde a quien la mire que dentro de la persona que es hoy todavía vive aquella versión capaz de entusiasmarse, imaginar, crear y comenzar.

Que no hay que escoger entre ser fuerte y ser sensible.

Que madurar no debería significar dejar de sorprendernos.

Y que, entre tantas cosas que queremos conquistar en la vida, existe una que también merece ser protegida:

esa luz interior que hace que todavía tengamos ganas de descubrir qué puede pasar mañana.

De ahí su nombre:

“Que nunca se apague”

Porque hay cosas que el tiempo puede transformar.

Pero hay una luz dentro de nosotros que vale la pena decidir conservar.

Materiales: Óleo

DIMENSIONS: 125 cm x 160 cm

Hay una parte de nosotros que la vida adulta intenta volver seria.

La que se emociona fácilmente. La que todavía se sorprende. La que encuentra belleza donde otros pasan de largo. La que alguna vez miró el mundo sin calcular demasiado lo que podía salir mal.

“Que nunca se apague” nace como un recordatorio de proteger precisamente esa parte.

El rostro del león ocupa casi todo el lienzo, pero aquí la fuerza no aparece asociada a la ferocidad. Su mirada es tranquila, cercana, incluso vulnerable. Y alrededor de ella ocurre algo inesperado: verdes, turquesas, rosas, amarillos y azules atraviesan su melena hasta transformar un animal tradicionalmente asociado al poder en una presencia llena de sensibilidad.

Para mí, ahí está la verdadera fuerza de esta obra.

Ser fuerte no significa endurecerse.

Podemos crecer sin volvernos indiferentes. Podemos aprender de la vida sin perder la capacidad de maravillarnos. Podemos tener carácter y conservar la ternura. Podemos conocer perfectamente quiénes somos y seguir permitiéndonos mirar el mundo con ilusión.

El rosa intenso del fondo rompe cualquier solemnidad. No estamos frente al retrato clásico de un león. Estamos frente a una reinterpretación del poder: una fuerza que admite color, emoción, sensibilidad y alegría.

Y eso hace que la obra tenga un mensaje profundamente humano.

Porque con los años acumulamos responsabilidades, expectativas, experiencias y preocupaciones. Sin darnos cuenta, podemos comenzar a vivir únicamente pendientes de lo siguiente: la próxima meta, el próximo problema, la próxima obligación.

Hasta que un día olvidamos algo esencial:

también vinimos a disfrutar de estar vivos.

Por eso quisiera que esta pintura funcionara de una manera especial dentro de una casa. Que su color transforme el espacio, sí, pero que su presencia haga algo todavía más importante.

Que recuerde a quien la mire que dentro de la persona que es hoy todavía vive aquella versión capaz de entusiasmarse, imaginar, crear y comenzar.

Que no hay que escoger entre ser fuerte y ser sensible.

Que madurar no debería significar dejar de sorprendernos.

Y que, entre tantas cosas que queremos conquistar en la vida, existe una que también merece ser protegida:

esa luz interior que hace que todavía tengamos ganas de descubrir qué puede pasar mañana.

De ahí su nombre:

“Que nunca se apague”

Porque hay cosas que el tiempo puede transformar.

Pero hay una luz dentro de nosotros que vale la pena decidir conservar.

Materiales: Óleo